Por: Rosemary Zepeda

El verdadero aristócrata del espíritu mira con piedad con misericordia con compasión a los pobres, a los humildes y a los sencillos. Francisco Andrés Escobar (Poeta) hablando de Salarrué

Bajo un contexto de desigualdad, injusticias y violencia, Salvador Efraín Salazar Arrué, mejor conocido como Salarrué, desarrolló lo que podría ser, para su época, un acto “a contracorriente” de las decisiones del Estado: su narrativa costumbrista.

Esa narrativa que María Tenorio llamaría “de tinte vernácula” y que dentro de sus mayores expresiones tenemos a “Cuentos de cipotes”.

Pero ¿Qué representan esos Cuentos de cipotes?

Resaltar la otra cara de la moneda, la cotidianeidad de una cultura casi exterminada y resguardar los matices de un lenguaje sencillo y característico de nuestros pueblos.

Así lo dice Rafael Lara Martínez, en su obra “Salarrué o el mito de la creación de una sociedad mestiza salvadoreña”

..darles la palabra a personajes rurales, indígenas o campesinos, mientras el gobierno del dictador Hernández Martínez extermina a toda una población indígena en el occidente del país…

Y como también lo diría el Sagatara de Cuscatlán: los cuentos de cipotes no son cuentos para niños, son cuentos de niños, primero y cuentos de niños cuscatlecos, después… el cuento del cipote shuco y fregón… al que los adultos no escuchan.

Ese niño que representa la inocencia y la  picardía del salvadoreño, ese salvadoreño de aquel tiempo en el que recién era castellanizado y no les llamaban salvadoreños sino “indios” sin serlo, y también el de este tiempo.

Ese salvadoreño al que Salarrué defiende en cada línea de sus cuentos, con la protesta intrínseca a los acontecimientos de su época.

La riqueza de “Cuentos de cipotes” trasciende de la que  yo llamaría la   “intención del autor”, por la época,  para colocarse como riqueza cultural por dos razones: la tradición lingüística que resguarda y la idealización de una identidad.

1. En primer lugar la tradición lingüística que resguarda Cuentos de cipotes y otras de sus obras, hace referencia al lenguaje campesino, ese que se ha aprendido por tradición oral, y el cual vuelve rica la lectura de su obra. Un lenguaje sencillo y natural.

Puesiesque Peludís tenía una cachamblaca diule para disparar chirolas, semillas, pepitas, tempisques… piegritas, ñudos de caña de chupar, tololos de kakevaca, menos balas…

El cual representa una de las características que ubica a Salarrué dentro del movimiento costumbrista, por la representación explícita del folclore salvadoreño.

Otros estudiosos lo traducen como indigenismo en la narrativa, como Luis melgar, que  alude que Salarrué hace una mezcla de lo autóctono con lo esotérico y eso es lo que le permite sentir una identificación con la raza indígena y adquirir una sabiduría que emana de la cultura nahua-pipil.

Con esto cabe especificar que Salarrué por su físico: alto, blanco, ojos claros y por su descendencia casi europea – descendiente del pedagogo vasco Alejandro de Arrué y Jiménez- no tenía rasgos indígenas pero si vivió  su infancia entre indigenas, lo que le permitió  adquirir y asimilar ese rasgo materializándolo de forma artística, según Roque Baldovinos.

2. En segundo lugar la idealización de una identidad en Cuentos de cipotes, son todos los símbolos culturales que  se ven  marcados en esa realidad pasada, que aunque provengan de un mestizaje o sean parte de una cultura híbrida como lo llamaría García Canclini, son los que generan una identidad colectiva resguardada en un capital cultural, en términos de Bourdieu: la literatura.

.. coneste pistiyo huir a temporar a la playa de La Sunganera en semana santa…

Puesiesque Menchedita Copalchines… iba hacer su primera comuñon y le estaban haciendo un vestidito blanco con nardos de rosa y margaritas de violeta; zapatíos tordíos pringados de perlas de huishte.. 

Puesiesque el Cipitio cabezon yegaba todas las noches a la cocina a echarse en la ceniza y comerse las cascaras de majoncho…

 

Cuentos de cipotes son representaciones que aluden a costumbres  muy marcadas que forman parte de la idiosincrasia salvadoreña y que nos hacen protagonistas a todos y cada uno de nosotros,  ocasionando un reencuentro con el  niño, que por una u  otra razón, hemos dejado  olvidado.

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