Por: Sofía Penado

A lo largo de mi vida he leído muchos libros, pero nunca nada como A Puerta Cerrada, de Jean-Paul Sartre: una historia existencialista fascinante que relata la situación de un hombre (Garcín) atrapado para toda la eternidad en una habitación con dos mujeres (Inés y Estella).

En esta ocasión, me gustaría hablarle sobre la riqueza simbólica de ese libro y, al mismo tiempo, compararla con Pedro Páramo de Juan Rulfo. La idea de comparar ambos textos me nació en un grupo de lectura comprensiva al que solía asistir. Un día discutíamos la simbología en la obra de Rulfo y yo hice el enlace con A Puerta Cerrada.

Estos son dos libros de dos continentes, idiomas y estilos distintos. Pero ambos hablan de lo mismo: del infierno.

Cuando empezamos a leer el libro de Rulfo, entramos en una situación paralela en la que se relatan las historias de Juan Preciado y Pedro Páramo, ubicadas en distintos momentos del tiempo, pero que convergen en el pueblito de Comala.

Analicemos, para empezar, el título de la novela de Rulfo:

  • Pedro: nombre masculino del latín “petrus” que significa piedra.
  • Páramo: Terreno llano, elevado, árido, pedregoso y desprovisto de vegetación. Desierto.

Entonces, como el uso de “Pedro Páramo” es ambivalente en la historia por ser usado para llamar al libro y al personaje principal, puedo sacar dos conclusiones: (1) Usado como nombre propio, describe al personaje principal como un ser árido, desprovisto de sentimientos; luego, (2) al usarlo como nombre de la novela, nos describe el sitio en el que todo sucede: en una piedra en medio del desierto.

Ahora analicemos el título de A Puerta Cerrada de Sartre: como el texto fue escrito originalmente en francés (Huis clos), decidí utilizar la traducción literal que significa “cámara”.

La palabra cámara deriva del latín “camăra”, aunque su antecedente más remoto conduce a un vocablo griego (κάμερα). El término posee múltiples usos y acepciones. Una de ellas permite utilizar la palabra para definir el ambiente o espacio donde una persona habita.

Por lo tanto, si A Puerta Cerrada en realidad se llama La Cámara (a partir de este momento me referiré al libro exclusivamente como La Cámara), podemos asumir que la situación se desarrolla en el encierro, y el encierro es sofocante.

Tal vez no notemos la temática del infierno a simple vista en Pedro Páramo, pero si hurgamos un poco en introspecciones analíticas, sale a la luz que tanto Juan Preciado como su padre viven el infierno en el mismo sitio pero de formas distintas. Juan trata de encontrarse con un fantasma al que nunca alcanzará en un lugar macabro y solitario, mientras que su padre, Pedro, revive una y otra vez su historia de amor fallida.

La Cámara nos exhibe un caso distinto, ya que Sartre afirmaba que “el infierno son los otros” y en esta obra presenta a un mujeriego que disputa con una lesbiana la atención y el afecto (o si prefiere, favores sexuales) de una mujer promiscua. Los tres estarán por toda la eternidad en una habitación lujosa, cerrada por fuera y que a cada segundo se encoge un poco más.

En ambas obras se observa la presión que los demás pueden ejercer sobre un individuo. Por un lado, tenemos la presión que las miradas de Inés hacían sobre Garcín; lo cual tiene sentido porque para Sartre, la mirada del otro es ejecutora: hace juicios, reproches; lacera y se empeña en ponerte el dedo en la llaga. Por el otro lado, en Pedro Páramo, tenemos el momento en el Juan Preciado muere, sofocado por los murmullos de los fantasmas en la plaza a los que no ve pero sí siente.

Comala, la ciudad de Pedro, es el infierno. Está ubicada en un lugar olvidado por Dios. Es un desierto espinoso al que cuesta accesar y en el que encontrar agua es imposible. Entre recovecos se narran las historias de todos los que vivieron ahí y no pudieron ser felices nunca porque la vida simplemente no los dejó, porque tenían puesta su felicidad en las acciones del otro. Suena como el infierno, ¿verdad?

Entonces, en ambas novelas, los personajes no eran entes libres, capaces de elegir algo diferente para ellos mismos: el destino les había jugado chueco porque no puso en su camino la posibilidad de un día ser felices con alguien, sino todo lo contrario: vivir la muerte, el infierno de la eternidad, acompañados del recuerdo de todo eso que hicieron mal en sus vidas, con todo lo que, a nivel personal, más los hacía sufrir.

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